En tiempo de otoño, las reuniones de vecinos para realizar trabajos comunitarios eran la ocasión perfecta para intercambiar noticias, airear cotilleos y contar leyendas en el ambiente rural asturiano. El amagüestu era la escusa perfecta, puesto que reunía dos productos agrícolas asturianos del otoño. ¿Hay algo mejor que combatir el frío con un buen puñado de castañas calientes y un culín de sidra del duernu?
Los filandones eran otra de esas reuniones. En ellos, se realizaba la antigua práctica artesanal del hilado, realizado por mujeres, entre narraciones romancescas y alguna que otra canción. A los filandones, sobre todo los sábados, concurrían los mozos y como siempre que se enfrentaban los dos sexos la conversación tomaba pulso, las miradas echaban lazos al corazón y la tonada, pletórica de ingenio, tomaba posiciones. La velada era larga y a veces se montaban amoríos entre formas no muy académicas, algo que la Iglesia Católica, dispuesta siempre a velar por la moral y las buenas costumbres, no aprobaba. Pero los galanes insistían, incluso con cantares como este:
Texedora, el to telar
d’oru tien la llanzadera
quien la pudiere robar
y al telar y a ti con ella.
Tres coses quixere
si dios me les diere
la texedora, el telar y la que texe.
A la anfitriona, por supuesto, se la indemnizaba por el gasto de la luz, de aceite o saín, con un puñado de monedas o se trabajaba un día de la semana a su beneficio.
En la imagen se ve el cuadro costumbirsta “Filandón en el Monasterio de Hermo” (1872), de Luís Álvarez Catalá, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Asturias.
Este año, nuestro amagüestu, además de sidra dulce y castañas, ha contado con la presencia de una “filandera”, que nos permitió conocer más de cerca ese oficio artesanal casi relegado al olvido.
A continuación, las fotos del evento…

